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San Millán de Suso

Desde mediados del S. VI de nuestra Era, el Santo Millán y el antiquísimo lugar de Suso han ido siempre de la mano, codo con codo y hombro con hombro. Han convergido íntimamente, porque no tenían más remedio que encontrarse.

Millán porque; siendo, a decir de las crónicas de la época, un santo varón nacido en Berceo, de modesta familia culturalmente romana y religiosamente cristiana, que vivió 101 años (473-574) y que empleó toda su sabia y longeva existencia en adentrarse amorosamente por los profundos arenales del misticismo; escogió la pequeña ladera de Suso con sus acogedoras grutas como centro neurálgico de su actividad monacal y contemplativa pero también de servicio y ayuda a todo aquél que se lo demandase.

Y Suso porque; siendo un lugar “mágico” desde siempre, como así hay que deducir ante la presencia de esvásticas iberas y discos solares celtas; era el entorno apropiado para el santo ejercicio de la moderación y humildad ermitaña que practicó San Millán.

A su muerte, el reducido cenobio de estilo visigótico que se había erigido en Suso, con el altar cristiano más antiguo de España, acoge los restos del Santo, convirtiéndose el lugar en un centro de peregrinaje y devoción.

Después llegaron los árabes, dejando su impronta en los arcos de herradura de estilo mozárabe que flanquean una de las naves del monasterio.

 

 
 

 

Luego fueron los navarros de aquí y de allá del Pirineo los que escogieron el lugar como sepulcro de sus reyes. Y en su época; además de ampliar las instalaciones monacales con unos adosados de estilo pre románico; un monje del monasterio en el S. X; dejándose la vista en ello y en una pequeña celda apenas iluminada por una estrecha saetera cuya luz permitía contemplar, muy abajo, a un desangelado riachuelo que discurría a través de un frío páramo; escribió con pulso lento pero seguro los textos de las Glosas Emilianenses, las cuales fueron redactadas en latín, en romance navarro y unas pocas en vascuence. Estos textos han sido considerados como los primeros escritos en Lengua Castellana.

Y por último llegaron los castellanos, con su estilo románico y su filosofía unitaria de Hispania. En su época hubo otro monje, Gonzalo de Berceo, que en el S. XIII escribió unos versos en Dialecto Riojano que están considerados como la primera expresión del Mester de Clerecía de la Lengua Castellana.

Y todo esto pasó en Suso. Todo esto pasó a los pies de los severos rostros de piedra que parecen vigilar todo lo pasado y todo lo que falta por pasar.

Que estos rostros sean obra de una caprichosa naturaleza erosión del viento y del agua, o sean obra de una civilización desconocida, es una cuestión que debe quedar al gusto de cada cual, acaso porque ambas posibilidades parecen ser bastante increíbles, así como demasiado intrigante, tanto para unos como para otros.

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Gentileza de Juan B. Olarte

 
 
 
   
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